
Hay muchas veces en las que toca ponerse la máscara.
Hay veces en las que, en lugar de patalear, gritar y llorar, prefiero ponerme la máscara y demostrarte que tus actos me son indiferentes.
Que la confianza que tengo en mí misma es tan inmensa que no se explica cómo puede caber en el universo. Que todo son puras nimiedades que no llegan a tocarme, y si por casualidad alguna lo hace, ¿quién se entera?
Desde luego, mi observador no.
No saldrá de mis ojos la pista que te haga darte cuenta de lo mucho que esa nimiedad que me ha tocado, me ha dolido como todas. No tengo pensado permitir que te asomes al otro lado de la cortina que oculta un magullado ego, un personaje enclenque y temeroso que baja la cabeza y espera a estar solo.
Tus actos no me son indiferentes. Pero yo no lloro, no grito, no pataleo.
En lugar de eso, muchas veces, te sonrío con mi máscara y de pronto todo parece ser como debería.




